Puedo decir que son pocas las cosas que me han hecho renacer. No hablo de charlatanerías que se escuchan bonito, más pronto se olvidan y todo vuelve a ser igual; hablo de cambios profundos, vuelcos de 180 grados, zarandeadas de la vida que me han hecho cuestionarme el para qué de mi existencia en este mundo.
Las punzadas en mi hombro del dedo de Dios comenzaron tímidas, sensibles, casi imperceptibles; después se hicieron más insistentes hasta que finalmente volteé.
Para mi sorpresa, lo que encontré era lo que menos esperaba, lo más común de mi vida; Yo. Me estaba viendo a mi misma, no como un reflejo, pues ella se movía, pensaba, hacía y deshacía y yo simplemente observaba, atenta a cada pequeño gran paso.
Comencé a analizarme por fuera, pero sabiendo lo que hay dentro. Tristemente vi que muchas de mis actitudes me llevaban a obtener resultados de sufrimiento y desespero, que empañaba la belleza del todo con el miedo, que me escondía tras una cortina de falsas creencias.
El aprendizaje se fué dando. Sabía cómo debía actuar para triunfar ante mis circunstancias. Recordé lo que siempre había sabido, pero estaba afuera, y ella seguía confundida sin razón.
De pronto, cuando estuve lista, aparecieron maestros que me mostraron el camino hacia el amor. Maestros que instruyen con el ejemplo, seres humanos totalmente coherentes con su pienso-digo-hago, mensajeros de luz.
Es una falsedad afirmar que "el que no escarmienta no aprende". Es posible aprender de las experiencias de otros para no tener que sufrir por las causas perpetuamente conocidas.
A aprender se aprende, y yo sigo aprendiendo.
Mi para qué en este mundo no te lo voy a decir, tal vez es momento de que descubras el tuyo...
-Alma Bárcenas
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